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¿Y para cuándo una serie como Narcos: México, pero de música?

Reemplacen las dos líneas de cocaína que aparecen en el afiche de la nueva y cuarta temporada de Narcos con dos güiros o guacharacas
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¿Por qué México es hoy como el segundo o incluso primer mercado al que le apuntan muchas de las bandas emergentes nacionales, o por qué las de allá que ya tienen un reconocimiento mediano y en crecimiento sueñan con venir a tocar al Estéreo Picnic, el Altavoz de Medellín o a Rock al Parque? ¿Por qué el extinto sello alternativo mexicano Culebra aparece en las contraportadas de los discos más esenciales de La Derecha o de 1280 Almas?

Por: @ChuckyGarcia

El afiche no es para indignarse. Nuestros dos países han estado y siguen metidos hasta las narices en ese negocio, lo cual -y muy a pesar de todas las consecuencias nefastas que hemos padecido en realidad- nos ha convertido en una obsesión de la industria del cine, la televisión y las plataformas en directo como Netflix. Una obsesión que se termina propagando a través de la ficción, el melodrama o los documentales, como lo son y lo han sido los desastres naturales apocalípticos, las invasiones de marcianos, el nazismo o los zombis.

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Sin embargo, se queda uno pensando en cuando será el día que salga una serie como Narcos: México, pero en la que la frase “The Route of All Evil” se refiera a esa otra ruta que durante décadas se ha tejido entre Colombia y México, con consecuencias en los Estados Unidos. Esa ruta que desde el siglo pasado tiene que ver con cargamentos de sonido en sus más variadas formas, y de los que existe un registro en medios y en la industria misma de la música.

Reemplacen las dos líneas de cocaína que aparecen en el afiche de la nueva y cuarta temporada de Narcos y que crean un puente de Colombia a México y de México a Estados Unidos con dos güiros o guacharacas, por ejemplo, instrumentos insignes de la cumbia, y la imagen tendrá casi que el mismo sentido pero con otro significado, historia y contexto. Los de un género musical que de Colombia viajó a México, se estableció en ciudades como Monterrey, fue apropiada por músicos de diferentes generaciones y vertientes y, finalmente, se convirtió en el caballito de batalla de numerosas figuras que como Celso Piña o El Gran Silencio luego viajaron con su música a tierras del Tío Sam.

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¿Por qué existen los Cholombianos en el estado de Nuevo León, aquellos muchachos mexicanos de barriada con peinados y escapularios inspirados en un país que no conocen, o por qué en pleno corazón del barrio Chapinero en Bogotá existe una zona donde cientos de mariachis ofrecen sus servicios musicales desde hace décadas? ¿Por qué aquí cuando hablamos de bandas mexicanas como Café Tacvba, Maldita Vecindad, Caifanes o Molotov es como si estuviéramos hablando de grupos tan nuestros como Aterciopelados, o por qué allá cuando la gente canta Bolero falaz lo hace como si estuviera cantando el mismísimo Cielito lindo?

¿Por qué México es hoy como el segundo o incluso primer mercado al que le apuntan muchas de las bandas emergentes nacionales, o por qué las de allá que ya tienen un reconocimiento mediano y en crecimiento sueñan con venir a tocar al Estéreo Picnic, el Altavoz de Medellín o a Rock al Parque? ¿Por qué el extinto sello alternativo mexicano Culebra aparece en las contraportadas de los discos más esenciales de La Derecha o de 1280 Almas? ¿Y por qué una gran cantidad de vinilos de la famosa disquera colombiana Discos Fuentes fueron lanzados en la patria del profesor Jirafales a través de colecciones y series que acá, en el país del Profesor Yarumo, nunca vimos?

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Como estas, son muchas más las preguntas que una hipotética serie sobre el tráfico de música entre Colombia y México podría responder. Una historia que capítulo a capítulo transforme nuestra habitual e inocua indignación por la explotación comercial de un tema que sigue siendo tabú, como el del narcotráfico, en un tótem que podamos venerar sin avergonzarnos.

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