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El desalentador futuro del activismo en la realidad virtual

Si las redes sociales ya habían mermado cualquier intento de activismo, la realidad virtual lo va a destripar por completo.
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La tecnología de realidad virtual está generando una nueva ola de activismo pop, que antes que solucionar los problemas de otros, funciona como bazuco para sentirse bien consigo mismo.

Por Víctor Solano Urrutia

¿Cansado de ser el hazmerreír de sus amigos porque usted nunca fue voluntario de una ONG internacional en alguna región olvidada del país? ¿Se siente avergonzado de no subir a Instagram fotos de sus perros adoptados, vegetarianos, fit y conscientes del cambio climático? ¿O acaso usted quiere cambiar la Colombia que por estas fechas se vende a cambio de tejas y tamales, pero le da flojera salir de la casa? Si alguna de estas preguntas le hizo cabecear un ‘sí’, prepárese, desconéctese de su realidad inmediata y considere abandonar su aburridora rutina porque el activismo virtual ya llegó.

Primero que todo, ¿le son familiares las siglas VR y AR? Si no, no se asuste; no es “vendo o alquilo riñón”, o por lo menos aún no se llega a tal punto de desesperación para ser parte del universo que ofrecen la Virtual Reality y la Augmented Reality. La primera (VR) hace referencia a la tecnología multimedia que busca crear escenarios simuladores de la realidad mediante contenidos sintéticos o híbridos. La clave de la VR es la capacidad de inmersión casi totalmente envolvente que prometen los dispositivos y gadgets. La AR, por su lado, no crea escenarios envolventes, pero complementa la vista del mundo con información, imágenes, datos, sonidos y otros elementos a medida que usted interactúa en directo con lo que le rodea. Para hacerse una idea de la realidad aumentada, piense en Pokémon Go: las alucinantes criaturas en 3D se contrastan con los también espectaculares cráteres de las calles y avenidas bogotanas.

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La industria de los videojuegos ha aprovechado estas tecnologías para desarrollar juegos de rol en primera persona que se acompañan de lentes y armas de juguete para afianzar la experiencia de “estar allí”. (Seguramente, al llegar a este punto del artículo, la mente perversa de muchos lectores ya habrá imaginado la más fascinante de las posibilidades. Sí, no hace falta pedirlo a gritos: ya la industria pornográfica empezó a adaptar sus películas a este formato desde hace un tiempo).

Por otro lado, si Mark Zuckerberg tiene razón cuando afirma que el objetivo de la realidad virtual es despertar la conciencia y la empatía, sin duda este juguete no dista de convertirse en la nueva y cruda cara de la verdad, más real que nuestra aburridora contemporaneidad de oficinas, cafeína y clases a las 7 AM. ¿Cómo así que “más real”?

Es curioso que precisamente el CEO de Facebook, que tanta fe le tiene a la realidad virtual, haya sufrido un ‘mal viaje’ tecnológico al transportarse, vía streaming, a Puerto Rico, en medio de un paisaje post apocalíptico tras el desastre de los más recientes huracanes. El hecho de que se mostrara a través de un sonriente e ingenuo avatar hablando de las bondades de la conectividad hace la escena todavía más cínica. Algo así como Wallace y Gromit dándole un tour por las ruinas de un campo de concentración.

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A los que le tememos a las profecías de Black Mirror, la cara irónicamente cínica de la realidad virtual/aumentada nos es familiar. Sin querer sonar paranoico, no estamos lejos de ser objeto de las industrias que instalan chips en masa para controlar los medios de percepción de la realidad. Si lo pensamos bien, los dispositivos de realidad virtual o aumentada, sean los lentes Google o los Oculus Rift, funcionan como prótesis de nuestra percepción: exhiben la realidad no sólo de manera más detallada, sino como debería ser, como quisiéramos que fuese la realidad. Hace del sexo más deseable, como también de la guerra y del turismo. Pero el activismo y el compromiso social no se quedan por fuera de la diversión.

El activismo en la realidad virtual

El artista norteamericano Chris Milk argumenta que la VR incrementará la empatía de los usuarios al poner en relieve los conflictos humanitarios literalmente frente a nuestras narices. Bastará con colocarse un par de lentes inteligentes para observar casi en vivo lo que ocurre a miles de kilómetros, en el olvidado Medio Oriente y sus “estúpidas” pero llamativas guerras.

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Por ejemplo: Clouds Over Sidra es una película dirigida por Milk y auspiciada por las Naciones Unidas que sigue los pasos de una niña siria desplazada y refugiada en Jordania. Con los lentes adecuados, usted podrá conocer el día a día de Sidra, visitar su escuela, su casa, jugar con sus amigos y, por supuesto, presenciar el conflicto a través de sus ojos. Este enternecedor testimonio está pensado por su director como una herramienta para “cambiar el mundo” …Un momento. ¿Cambiar el mundo? ¿Cómo pretende un cortometraje acabar con la guerra, los millones de dólares que esta mueve y las muertes y odios que se propician a diario? Podemos estar de acuerdo en la verdad tras la historia de Sidra, en lo conmovedor de su testimonio, pero de ahí a que este relato cambie el mundo, estamos lejos.

El gran riesgo de estas plataformas es crear relatos únicos, que el Oculus sea la verdad absoluta porque pone al espectador en el rol del testigo directo, cuando la cosa no es así. El cortometraje, como cualquier filme, sigue siendo una versión parcial y distorsionada de la realidad. Pero la AR y la VR se venden de una manera distinta: son una promesa de ser todo lo que nunca se pudo ser o se podrá dadas las limitaciones de nuestra cotidianidad, ser un Indiana Jones, un Pirry o un Michael Moore.

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¿Para qué movilizarme en defensa del medio ambiente, los acuerdos de paz o los derechos de mi comunidad si la realidad virtual me permite ser activista sin salir de la casa? Es chistoso, por no decir tenebroso, que para poder sentir algo, sea odio, compasión o lástima, necesitemos de una prótesis electrónica que proyecte la realidad mejor de lo que podríamos evidenciar por nuestra cuenta, más deseable y en la que creemos con mucha más facilidad.

A estas alturas, ¿cómo sé si estoy despierto o soñando? Eso no importa, esta maravilla nos deja soñar despiertos y tener las más húmedas fantasías de activismo virtual. ¡Pero ojo con quitarse las gafas de la indiferencia social! No vaya ser que descubra que más allá del simulacro no hay ninguna realidad que importe o por la que valga la pena luchar, pues mañana Transmilenio seguirá siendo un caos. En últimas, el uso que se le dé a la AR/VR depende de usted. Tenga en cuenta que la sociedad del espectáculo en la que vivimos nos obliga a ser impresionables en todo momento, nada nos puede aburrir y todo debe ser agradable al tacto y a la vista. Piense si su vida no es de por sí lo bastante virtual como para empeñar un riñón a cambio de carisma digital.

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