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Prendan las alarmas, Felipe Aljure vuelve con ‘Tres Escapularios’

El director de "La gente de la universal” vuelve con “Tres escapularios”: una película con menos pases y viajes tóxicos, pero con más sangre y bala.
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La carrera de Felipe Aljure, el nuevo director del Festival de Cine de Cartagena, ha sido de chispazos, de pocos golpes, pero cada uno impactante, definitivo y certero para la cinematografía nacional. Luego de ser guionista de María Cano (1990) y asistente de dirección de Rodrigo D No Futuro (1990), logró que su primera película se convirtiera inmediatamente en un clásico inmortal del cine colombiano. La gente de la Universal (1993) era un filme sucio e irreverente que le consiguió enemigos hasta en el propio Gabriel García Márquez, quien se retiró de una proyección de la película, pero que mostró con humor negro una historia de detectives.

Por: Juan Pablo Castiblanco Ricaurte // @KidCasti 

Tuvieron que pasar trece años para que Aljure sacara su segunda película, El colombian dream, con la que volvió a revolver el estómago y el cerebro del público. Casi una década después, Aljure vuelve con Tres escapularios, una cinta sobre un par de sicarios de la guerrilla que deben matar a una mujer que delató a los milicianos con el ejército. Los altos impuestos que durante un par de años tuvieron que pagar las producciones colombianas para llegar a salas demoraron en cerca de tres años la fecha de estreno de la película, al punto que casi no se estrena en salas comerciales. 

Pero el panorama del cine ha cambiado. Brutal, una nueva compañía de distribución cinematográfica, apareció para encargarse de que Tres escapularios pueda ser vista por los colombianos y volver a dividir a la amable y distinguida audiencia. 

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Su nombre es uno de los que conforman el grupo de los directores de culto en Colombia. ¿Siente presión porque la gente esté a la expectativa de su nueva película?
En general uno hace callo con los niveles de ansiedad naturales que tenemos cuando hemos hecho una obra que no se ha expuesto al público. Uno tiene una gran curiosidad por saber qué lectura le va a dar el público afuera del círculo creativo sobre lo que pensamos que estamos diciendo. 

Antes de llegar a festivales la película pasó por varios festivales en los que la gente suele salirse cuando no le gusta la película. ¿Este tipo de reacciones le molestan o le duelen?
Cuando hacemos cine tenemos que saber que vamos a hablar a un público que va a recibirlo bien y a uno que no le va a gustar. Eso le pasa a los grandes éxitos comerciales, es un tema inevitable. La gente que fue a ver La gente de la Universal, que fueron 450 mil espectadores, una cifra record en el cine colombiano, seguramente no es la misma que va a ver a Dago. Son públicos distintos. La gente que fue a ver El colombian dream, que hizo 400 mil espectadores, no es la misma que va a ver filmes comerciales. Eso nos ha indicado que hay una manera de hacer cine distinto, sin compromiso con alguna línea de explotación comercial, y que hay un público interesado que quiere y es capaz de dialogar. Por su pequeña escala de producción, pensamos que Tres escapularios iba a ser una película de 50 o 100 mil espectadores, pero hemos visto reacciones que de golpe empiezan a abrir otras puertas y posibilidades.
 

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Sus anteriores películas se destacaron por unos puntos de vista extremos y arriesgados de la cámara, por una fotografía recargada y fuerte: un sello que se mantiene en algunos sentidos en Tres escapularios. ¿Qué se ha mantenido y qué se ha perdido en su lenguaje cinematográfico?
Todas las posibilidades siguen vigentes, lo que pasa es que usamos el lenguaje que más le conviene a una película. El lenguaje de La gente de la universal le convenía a sus necesidades: un thriller en clave de comedia negra. El colombian dream es una película más barroca que habla de la toxicidad de la plata que produce de la droga y de la droga misma. Ahí borramos las miradas normales, no existe un lente de 50 mm, y solo nos movimos en grandes angulares y en teleobjetivos. En esa toxicidad conceptual la toxicidad visual era válida. Con Tres escapularios, que ha sido planteada para que el espectador se siente a contemplar y vea una unidad cronológica y elementos de realidad y verosimilitud, eso lleva a otros lenguajes. La cámara que usamos fue una de fotografía y se sumó a la necesidad de contemplación que hizo que tuviéramos planos quietos. Nació también el doble cuadro porque en este objetivo de no repetir planos, queríamos que el ojo siempre esté leyendo nueva información. También usamos el plano en pantalla partida para que en ciertos momentos sirviera para mostrar que el personaje también estaba roto y con un conflicto interno. Ningún lenguaje se ha agotado. En la siguiente película tal vez haya elementos de La gente de la Universal o de Tres escapularios, de acuerdo a la necesidad narrativa.

¿Todavía ve sus películas pasadas?
Sí, a veces.

¿Por qué?
Por bruto, porque eso es una sufridera cuando uno ve esas proyecciones. Sin embargo la distancia genera relecturas. En los escenarios en los que las veo es cuando invitan la película a escenarios académicos o a festivales, y sorprende cómo la nueva lectura de uno ha evolucionado y cómo las nuevas generaciones releen la película. Es interesante ver cómo esas películas siguen vigentes.

¿Le importa las críticas que le hagan a sus películas, que digan que es mala o que la interpreten diferente a como usted quería?
Pepe Sánchez dice que nuestro cine se parece a la poesía de los poetas malditos, que en un comienzo ofende al establecimiento y con el tiempo se va volviendo referente cultural y de reflexión. Para que nos permitieran entrar a grabar al Museo Nacional escenas de La gente de la Universal, tuvo que haber una intervención muy fuerte de Ramiro Osorio, director de Colcultura de aquél entonces, porque en general se encontraba que el guion era muy ofensivo. Cuando presentamos la película en el Festival de Cine de Cartagena de esa época, Gabo se paró con su guayabera amarilla en el primer minuto, abrió las puertas del Centro de Convenciones y se salió con la presidenta de Caracol dejándole saber a todo el mundo que esa película era una porquería, ofensiva y no valía la pena. Cuando la llevamos a RCN, su presidente Samuel Duque no la aceptó porque no era apta para el buen nombre del canal. Con varias puertas cerradas la llevamos a Punch y allá Alejandro Pérez la vio, le gustó y quería entrar. Cuando la llevó ante su gente, en una mesa muy grande se paró la que manejaba ventas con la Nacional de Chocolates a decir que de ninguna manera podían apoyar esa clase de cine, siendo la programadora de la familia. Pérez, con cigarrillo en la boca, le respondió “¿qué pasa Norita? ¿Nunca le han echado un polvito desde atrás en el baño?”, aludiendo a la primera secuencia de la película y liquidando el debate. Siempre ha habido un instante que la saca de los bloqueos.

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El colombian dream era una película tóxica, sobre drogas, difícil. Antes del estreno, cuando estábamos buscando apoyos, Claudia Gurisatti promovió una proyección en el Teatro Embajador a la que fue Carlos Julio Ardila. Al final hubo mucho silencio, había mucha gente alrededor de Gabriel Reyes y Carlos Julio Ardila, y al final él dijo “me parece una película sumamente inteligente, hay que apoyarla con todo”. Eso cambió la dinámica de la película y así salió. Vamos a ver qué pasa con Tres escapularios, pero digamos que hay un récord al que desafortunadamente nos hemos ido acostumbrando de resistencias, de portazos en la cara, de bloqueos ideológicos. Esta claramente es una película que le va a doler a muchos sectores y probablemente va a tener lo mismo, pero es el cine que queremos y creemos que debemos hacer.

 

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