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Cerati en Bogotá, por Sandro Romero Rey

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Por: Sandro Romero Rey

Todos los recuerdos que tengo de los grandes protagonistas del rock argentino se los debo al baterista (y bandoneonista y vibrafonista y percusionista de maniquíes) Fernando Samalea. Lo conocí a mediados de 1989 en Bogotá, cuando vino con sus largos cabellos de mesías promiscuo, acompañando al inmenso Charly García. Eran los tiempos del álbum Cómo conseguir chicas (¡y sí que las conseguían!) (Ver especial Shock sobre Gustavo Cerati)

El 8 de julio de 1989, por primera vez en Colombia, García junto a Alfi Martins, Fernando Lupano, la divina Hilda Lizarazu, el zorrito Vön Quintiero y el negro Carlos García López, dieron un concierto memorable bajo la lluvia en la Plaza de Toros de Santa María. Con ellos estaba Samalea. Nos habíamos identificado un par de días antes, por casualidad, gracias al curso acelerado de cómo conseguir chicas, en el cual fui pasivo colaborador. Pero más allá de las travesuras, nuestra amistad se selló por otro tipo de razones que aún no comprendemos. Era muy extraño que uno coincidiese tan rápidamente con otra persona de otras latitudes y que sus gustos musicales, literarios, cinematográficos y existenciales pudiesen reflejarse de una manera tan estrecha. Gracias a Samalea entré a las habitaciones secretas de Charly García y sus cómplices, hasta el último día de su periplo bogotano. Nos seguimos escribiendo durante algún tiempo extensísimas cartas a mano, en los tiempos felices en los que no había internet. Luego, nuestros destinos se separaron, al parecer para siempre. Samalea siguió acompañando durante varios años a Charly (todavía sigue haciéndolo) pero, al mismo tiempo, colaboraba en memorables grabaciones de músicos de todas las especies. En los años noventa, supe que Samalea había estado en Bogotá de nuevo, acompañando a Ilya Kuryaki & The Valderramas en Rock al Parque. Pero, aunque nos buscamos, nuestros destinos estaban cruzados y no volvimos a vernos ni a escribirnos. Hasta que apareció Cerati.

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Todos los que tenemos una deuda de gratitud con el rock argentino siempre hemos rezado ante el altar de Soda Stereo. Desde sus primeros conciertos bogotanos en 1986, pasando por su apoteósico regreso en 1987, hasta el memorable encuentro con Carlos Santana, el 15 de marzo de 1996 en el Estadio El Campín. Esa vez, mientras Cerati hacía una gloriosa jam session con el guitarrista mexicano, entendí que el argentino formaría parte para siempre del pedestal de mis músicos esenciales y que, por consiguiente, no lo iba a conocer nunca. Pero uno no debe decir de esta agua no beberé. Aunque Cerati volvió a Colombia en otras oportunidades (como DJ, como solista para la promoción de su álbum Bocanada…), no sería sino hasta el año 2007 cuando los astros se juntaron y pude conversar como Dios manda con el autor de “Te para tres”. Samalea era ahora baterista de su nueva aventura en solitario. Habían pasado 18 años desde la última vez que había visto a Fernando y ambos, desde nuestras respectivas trincheras, estábamos pendientes del rencuentro. De repente, supe que el tour en solitario de Cerati, para la promoción de su álbum Aquí vamos, pasaría por Bogotá. Pero como el demonio sabe manipular sus travesuras, tuve que salir de la ciudad. Sin embargo, Samalea se las arregló para organizar las fichas de nuestro ajedrez y, un par de días después del concierto en la Plaza de Toros, decidió quedarse en Bogotá para que recuperáramos la conversación interrumpida.

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Llegué a mi refugio cachaco casi sin respirar y esperé la llamada del amigo perdido. Nos pusimos una cita en el corazón de la capital, en un cafecito de la carrera séptima. Nos abrazamos y hablamos y hablamos como si el tiempo no hubiese pasado nunca. Samalea se quedó algunos días en mi casa, en el cuarto plagado de dinosaurios de mi hijo Federico. Como todo rockero que se respete, su vida comenzaba a las tres de la tarde y terminaba a las siete de la mañana. El primer día de su estancia, sonó mi celular a una hora prohibida. Era Cerati. Había decidido quedarse unos días más en Bogotá. Porque un músico tiene demasiadas tentaciones en una gira como para dejarlas pasar. Así que salimos esa noche y conversamos sin parar hasta que la madrugada dijo basta. Para mi sorpresa, Cerati se acordaba de todos sus conciertos colombianos con lujo de detalles y soñaba con tener una copia de su duelo de guitarras con Carlos Santana. Los ídolos también tienen sus ídolos. La diferencia era que Cerati pronto se bajó de su pedestal y se convirtió en otro argentino amable como los que abundan por el mundo. Nunca he entendido la mala fama que tienen los habitantes del Cono Sur. Jamás he sentido la arrogancia que les endilgan, a no ser que se confunda la inteligencia natural con la prepotencia. A mí, por el contrario, siempre me intimida su extrema generosidad, sus ganas desesperadas de estar vivos, su infinita elocuencia. Y en el caso de las estrellas del rock argentino que he conocido nunca he vivido lo contrario, salvo con Su Majestad Charly García, porque él no es de este planeta. Cerati, como Samalea, resultó ser un hombre de una amabilidad extrema. Un poco tímido, con un discreto sentido del humor que sólo liberaba protegido por la nobleza del baterista. Nuestra primera noche rodó a una velocidad sin pausa, acompañados por mujeres demasiado bellas y por recuerdos a todas luces imborrables. 

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A finales de ese mismo año, el 24 de noviembre, Cerati hizo su regreso triunfal a Bogotá con Soda Stereo, para el inmenso concierto que formaba parte del tour denominado Me verás volver. Esa misma noche, yo estaba en Ciudad de México en el concierto de la resurrección de The Police en el Foro Sol. No sé si soñé o si fue verdad, en medio de una inmensa crisis de pánico, que alguien me dedicaba canciones de Soda Stereo por el teléfono celular en el DF, mientras yo devolvía las atenciones por el mismo aparato, con los himnos de Sting, Summers & Copeland. Imposible recordarlo ahora. Lo que sí recuerdo es la tristeza infinita de no poder estar en Colombia para la despedida generacional de Cerati, Zeta y Charly Alberti en el Parque Simón Bolívar. Pensé que nunca más iba a ver al guitarrista de Soda Stereo, pero de nuevo Samalea se encargó de darme una nueva sorpresa. Una sorpresa que empezó siendo feliz y terminó convertida en pesadilla sin fin. 

El 11 de mayo de 2010, me llamó desde Medellín el buen don Fernando, para informarme que estaba de nuevo en la carretera con su amigo Gustavo Adrián y que se presentarían en Bogotá el día de la Santísima Virgen, el 13 de mayo, en el Coliseo El Campín. Pero la Santísima Virgen no parecía estar del lado de los argentinos. Porque presentarse en el Coliseo El Campín de Bogotá no parece un premio sino un castigo. No se lo dije, por supuesto, porque la suerte ya estaba echada y lo que importaba era tener el gusto de vivir la experiencia de Fuerza natural, tal como se llamaba el nuevo álbum en solitario de Cerati.  Llegaron, sin afanes, un día antes del concierto. Con Samalea deambulamos por las calles bogotanas mientras organizaban el escenario. Pero esta vez Gustavo no aparecía. “Anda perdido” me confesó el baterista, con una sonrisa de complicidad. Ya lo veremos, pensé. Y continuamos con nuestro pingpong verbal hasta los límites de la hora del lobo. Al día siguiente, con privilegiada credencial de invitado, acompañé al ejército de Fuerza natural en la prueba de sonido. Samalea me subió al escenario y, ejerciendo otra de sus pasiones, me tomó algunas fotos en su mismísima batería. Por fin, a eso de las seis de la tarde, llegó Gustavo. Yo me escondí entre bambalinas y gocé viéndolo trabajar. Cerati se involucraba en la conexión de los equipos y parecía saber tanto o más que todos los ingenieros juntos. Luego, pasamos a los camerinos. Cada músico tenía su espacio, había bandejas de comidas y bebidas, algunos invitados y ambiente relajado. “¿Querés saludar a Gustavo?”, me dijo Samalea en algún momento. Dije que sí, por supuesto, aunque suponía que los músicos se estresan tanto como los actores antes de salir a escena y de repente no quería que lo molestaran. Me excusé un segundo para ir al excusado pero, en ese momento, salió Cerati del cuarto de baño. Estaba sin afeitar, con una chaqueta negra y una camiseta que decía “Amor” en algún lado. Lo saludé y él me estiró la mano. Estaba helada. Nunca había sentido una mano tan helada, estoy seguro. Pero no le di importancia porque comenzaron los chistes y alguien habló de la atracción de los rockeros por las adolescentes. “Yo creo que el problema no es sólo la pedofilia. Hay que empezar a estudiar también el asunto de la gerontofilia, Gustavo”, dije, como para relajarme. Y Cerati se rio, con una risa un tanto forzada, la cual traté de explicar por el efecto del mal chiste. 

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El asunto avanzó sin problemas. Cuando los músicos comenzaron a prepararse para salir, yo me escondí a un lado del escenario. Media hora después, vi una silueta solitaria en la penumbra: era Cerati con su guitarra quien subía de último a escena. “Suerte”, le dije, pero no me oyó, perdido en los acordes de “Fuerza natural”, el primer tema del concierto. Me confundí en medio del público y seguí feliz el desarrollo de la ceremonia (“Magia”, “Déjà Vu”, “Desastre”,  en fin, 24 temas donde hubo poco Soda Stereo y mucho de sus nuevas creaciones). Dos horas y media después, la dicha había terminado. Hubo fiesta en los camerinos y fotos, muchas fotos, organizadas siempre por Samalea, a quien le encanta registrarlo todo. Un par de horas después, terminamos en una discoteca del norte de Bogotá. Muchísima gente. De nuevo las divinas ninfas rondando por allí. Las mismas ninfas divinas que revoloteaban en el año 2007, estaban de vuelta, con nuevas fosforescencias, para celebrar el día de la Virgen en el año 2010. Por aquellos días, yo no bebía ni una copa de alcohol. Me aburría en las fiestas pero lo recordaba todo. Así es que llegué a mi casa a la madrugada y escribí un texto entusiasta sobre el concierto (CERATI, EL LIBERTADOR). Al día siguiente, fui al hotel a despedirme. Sé que Cerati y su ejército llegaron a Caracas, con muy pocas horas de sueño, para un concierto que se desarrolló, al parecer sin problemas, el 15 de mayo, en el Estadio de Fútbol de la Universidad Simón Bolívar. Poco tiempo después, Gustavo Adrián Cerati Clark, nacido el 11 de agosto de 1959 en la ciudad de Buenos Aires, se desplomaba en un profundo sueño, víctima de un accidente cerebrovascular. Y no volvió a despertarse. Hasta aquí mis recuerdos. Lo que sigue, para siempre, serán las canciones. 

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