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Ya no necesitamos influenciadores: se pueden programar por computador

¿Influencer por computador? La desconcertante dinámica del mercado de influencers
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Va a llegar el momento en que no sabemos con quién hablamos o a quién seguimos: ¿humano o anuncio? ¿Perfil o humano?

Por Fabián Páez López @Davidchaka

Los anuncios siempre nos han perseguido. Pero ahora están tomando forma humana. Y dan miedo. Ya no son los comerciales embutidos en eventos televisivos como el Super Bowl, ni las estridentes vallas atravesadas en las calles, ni mucho menos esas molestas ventanitas titilantes de internet que salen hasta en la sopa. Las primeras dos se volvieron paisaje fácil de omitir. Para las terceras, en los navegadores web se pueden instalar extensiones para el bloqueo de anuncios o adblocks. La gente (o por lo menos a los que no nos alcanza para consumir ilimitadamente) no quiere que la bombardeen con ofertas de compra. La jugada de las marcas para seguir ofreciéndose fue volver a las personas, a través de sus cuentas personales de Facebook, Instagram o Twittter, anuncios andantes. #trend. O como la terminología millenial lo indica: influencers.

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Están en todo lado. Son la actriz que vende un té para adelgazar, son el futbolista que predica las bondades de un gel o una cera para el pelo, son los instagramers chistosos que invitan al nuevo bar de moda, son la pareja “ideal” que habla de las bondades de un destino turístico. Pero sobre todo, son cualquier persona que de un momento a otro, sin un claro factor sobresaliente, se volvieron “famosas” y modelo de imitación y deseo.

Por su visibilidad en línea y por una efectiva pero poco estudiada capacidad de incidir en la toma de decisiones de compra de otras personas, los influencers son hoy la forma “más sutil” que encontraron compañías de todo tipo para propagar sus productos o marcas, para transmitirse envueltas en el empaque del sinónimo para alcanzar un “estilo de vida” deseable. #lifestyle.

La carrera de influencer, donde se exhibe el yo cotidiano en línea para aumentar el círculo de seguidores, y, ocasionalmente, ganar un contrato comercial, viene con una desazonadora paradoja incluida, que va mucho más allá de la típica queja del aislamiento por andar hablándole al celular: al tiempo que el influenciador construye su imagen virtual hablando en primera persona de sí mismo, de su cotidianidad, de sus elecciones de consumo, de su vida personal y, en general, de un modo correcto de ser, el yo se monetiza, gana o pierde valor como una divisa, o como el bitcoin.

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Vender, vender y vender. Todo a la venta. Todo comercializable. Una sonrisa, una idea, un momento. Hasta ahora todo era un plano de comunicación humano. Personas impresionando personas. Hasta ahora.

Miquela Sousa, la influencer generada por computadora, es la terrorífica muestra de la tendencia: el humano va a la baja. El influenciador ya es un prototipo predecible y programable.

Miquela tiene más de 550.000 seguidores en Instagram. Está afiliada a una causa (el movimiento por el reconocimiento de los derechos de la población negra en EE.UU. Black Lives Matter). Su novio (también artificial) “le toma las fotos” y tiene cuenta propia en Instagram (blawko22). Y hasta publica uno que otro meme con algún comentario. Detrás de ese perfil, creado para habitar únicamente Instagram, pueden estar trabajando 10 enanos programadores esclavizados en un sótano, una empresa japonesa de realidad virtual o un estudiante desocupado. Podría ser cualquier cosa que se imaginen. Nunca se sabe lo que hay detrás de una cuenta virtual.

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Hay que reconocer que, quien sea el que la creó, construyó tan bien al personaje, que hasta podría contar su trayectoria personal. Tiene 19 años de edad y vive en Los Ángeles, California. Es de origen brasilero y español. Apareció en internet desde 2016, pero el incremento de sus seguidores la ha mantenido viva: marcas de moda como Chanel, Prada, Proenza Schouler, Supreme o Vetements aparecen entre su feed.

Las imágenes despiertan interés por su ambigüedad, porque parece real o real con retoques de computadora, pero a la larga no importa. Si un influenciador se puede programar, ¿las marcas están programando a los humanos influenciadores con el #lifestyle? En todo caso, una “exitosa” presencia en redes está lejos de ser lo que la mayoría de personajes cuentan estar mostrando: su yo real.

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