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¿Si no vamos con un hombre entonces viajamos solas? ¡No más!

¿Hasta cuándo el riesgo de viajar solas?
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Marco Polo, Simbad el Marino, Odiseo, Gulliver y  James Cook protagonizan, junto a otros, la narrativa clásica de viajes.

En  literatura, para que exista una historia, debe haber algo que los teóricos llaman “acontecimiento”: un hecho atípico, una situación que se sale de la normalidad, un evento interesante para contar.  No es de extrañar que los grandes relatos contengan historias de viajes y odiseas pues en casa, salvo una visita –que incluye el viaje de alguien más- pocas cosas suelen ocurrir.

Por: ZaCarmenza // @ZaCarmenza

Darle la vuelta al mundo en 80 días, visitar la tierra de los liliputienses o emprender una travesía para volver a Ítaca son todas historias protagonizadas por hombres. Las mujeres, como Penélope, tuvimos durante mucho tiempo el rol de la abnegada esposa que espera en casa el regreso de su héroe y aventurero; tejer una manta en el día para deshacerla en la noche fue toda la aventura que vivió la esposa de Odiseo mientras le hacía el quite a nuevos matrimonios ¡Yupiiiiii!

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Nada nuevo. La literatura representó el orden del mundo: los hombres afuera, las mujeres adentro. El macho en lo público y la hembra en lo privado, donde se reproduce la vida pero donde otras pocas cosas ocurren y muchas menos se cuentan.

Solo hasta hace un par de siglos las mujeres empezamos a ser protagonistas de relatos de viajes, casi de manera simultánea con la aparición de autoras y escritoras. Salir de casa, cambiar de ciudad, atravesar el mundo –ya no el bosque en busca de la abuela- hacen parte de actividades conquistadas recientemente por las mujeres. El espacio público, sin embargo, no ha sufrido mayores modificaciones.

La calle, la carretera, el barrio, la ciudad y el pueblo (o sea, todo lo que no es “el hogar”), continúan siendo territorios, si no exclusivamente masculinos, altamente hostiles para lo considerado femenino. Cada mujer que decide salir de su casa lo continúa haciendo bajo su propio riesgo; un “propio riesgo” que pasa por el robo, el asesinato, la violación, la trata de personas, Etc. Etc. Etc.

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Ahora, si salir apenas de casa supone tamaño peligro ¿es posible calcular a lo que están expuestas las mujeres que quieren cambiar de ciudad o explorar el mundo? ¿las que deciden hacerlo low cost?¿las que prefieren desplazarse por tierra y no por aire? ¿las que emprenden esa travesía solas?

El riesgo de ser mujer

María Trinidad Mathus Tenorio, mochilera mexicana de 25 años, escogió Costa Rica como primera parada en su recorrido por el mundo pero no alcanzó a tener un segundo destino. En hechos todavía confusos pero que incluyen a una mujer inglesa que logró huir de la agresión y poner en alerta a las autoridades, María Trinidad fue violada y asesinada por dos hombres en la playa costarricense Santa Teresa.

Pese a estar acompañada por la mujer inglesa, María Trinidad estaba sola. Es más, las dos estaban solas, así estuvieran la una con la otra. Esa lección la aprendimos hace dos años cuando las viajeras argentinas Marina Menegazzo y María José Coni también fueron violadas y asesinadas en la playa de Montañita, Ecuador: antes siquiera de ubicar a los responsables, medios de comunicación y redes sociales ya le atribuían el doble feminicidio a la falta de compañía masculina.

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Eran dos mujeres pero al mundo le pareció que viajaban solas. Podrían haber sido seis, ocho o diez mujeres juntas, pero la falta de un hombre las hacía estar solas, como si de niños pequeños cruzando una calle se tratara.

Así, el “para qué viaja sola” es otra de las presentaciones del “quién la manda” y el  “para qué se viste así”, una serie de premisas que no solo sostienen que la mujer víctima es culpable de haber sido violada o asesinada, sino que envían el mensaje de que, bueno, mejor si nos quedamos en la casa para que no nos pasen ese tipo de cosas. Y si no, si se nos da por salir, ya saben, es bajo nuestro propio riesgo.

No son casos aislados

Las mujeres hemos denunciado cómo nuestros cuerpos se consideran un elemento más del espacio público, cómo vivimos a diario con el acoso callejero, con las manoseadas en el transporte masivo y con los ojos vigilantes de la sociedad. Somos incluso algo por lo que se puede pagar junto a un tiquete de avión y una botella de licor, como lo demuestran las redes de prostitución y trata.

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Sobre cada uno de esos gestos se sostienen los asesinatos de María Trinidad, Marina y María José. Un sistema estructural que se esfuerza por mantener a las mujeres en la casa (en las que tampoco se les garantiza seguridad), lejos de las plazas públicas, de los eventos políticos, de los escenarios de poder. No ha cambiado el relato de la princesa encerrada en la torre.

Las mujeres ya no necesitamos espacios seguros, necesitamos que el espacio mismo sea seguro para nosotras. Eso pasa por dejar de responsabilizar a la víctima y sancionar fuertemente al victimario: ¿por qué conocemos el nombre de María Trinidad, Marina y María José pero desconocemos totalmente lo que ocurrió con los hombres que las violaron y asesinaron? ¿acaso pagaron alguna pena o ya están sueltos en otra playa?

Marco Polo, Simbad, Odiseo y Gulliver tuvieron que pelear contra gigantes, cíclopes, estafadores y monstruos marinos pero ninguno de esos peligros les impidió volver a casa.  El relato de María Trinidad no pudo ser un clásico de narrativa viajera porque la asesinaron en su primer destino.

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