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Llovieron pianos con Beethoven en Bogotá

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Miércoles

La gente atraviesa las puertas de madera del Teatro Mayor para la gran apertura del Festival. Sube el telón, es miércoles 27 de marzo de 2013, son las 6:30 de la tarde y un escenarioiluminado, con un piano de cola negro con detalles dorados y un brilloexcepcional en la mitad. Una voz al fondo indica las reglas del juego, nocelulares, no fotos, y completo silencio; una por una se van apagando las lucesy desde el techo surge una luz que apunta hacía el frente mientras todo elrededor del Teatro se va perdiendo y queda con un mínimo de reflejo por elescenario, aparece a los pocos minutos uno de los grandes, Jean Philippe Collarddesde Francia abriendo el Festival Internacional de Música de Bogotá.

Sí es Beethoven la estrella,Collard  cierra los ojos y respiramientras siente la música al igual que los 1.300 espectadores que desde sussillas observan el movimiento de cada uno de los dedos interpretando la Sonatapara piano No. 2 en La mayor. Cada tecla emana un sentimiento y a los espectadores a una persona, cosa,objeto, momento, o al menos eso expresaban sus caras, y ni hablar de losaplausos al finalizar cada presentación, algunas lágrimas se escondían por ahí,entre el tumulto de personas que se ponían en pie al dar fin a la presentaciónde apertura del pianista francés.

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Así como había expresiones deadmiración por parte del público, había niños dormidos, perdidos entre música yaplausos, aspirantes a ser cómo quienes estaban al frente apostando el másmínimo sueño aferrado a un piano, un violín, una viola, flauta o cualquier otroinstrumento que lleve al máximo nivel de éxtasis  a quienes le escuchan.

Jueves

Una estampida de notas encontradasunas con otras dando un acorde unisonoro a cadainterpretación, es jueves y la gente está a punto de salir por las ventanas delTeatro (no cabe un alma); 5:30 de la tarde y las pocas sillas vacías se pierdenen el ajetreo de encontrar un lugar adecuado para ver la presentación de uno delos protagonistas.

Pasan los cinco minutos regularespara la entrada del público al teatro, se cierran las puertas y las luces en lamisma posición que el día anterior aparecen como si estuvieran prendidas peroapagadas, como si en ellas se marcara la estrecha frontera entre vida y muerte,entonces, ni un minuto más, ni un minuto menos después de los cinco ya pasados,sale al escenario un ruso, alto, como de un metro con ochenta de estatura, pelogris y carita refinada, como si el propio Miguel Ángel lo hubiese pintado, esBoris Berezovsky, tiene 44 años y es uno de los favoritos de todo el festival; sonríey sin musitar palabra se sienta, dispone sus manos en el teclado y comienza,recita Gran Sonata y continúa -con la que diría yo, es la mejor canción deBeethoven-, “Claro de luna” aparece de la misma manera en que la noche abre lasnubes para iluminarse por una rendija de niebla transparente, se siente lanostalgia y el misterio  en el auditorioque emana de las teclas blancas del piano, finaliza y los aplausos no danespera, se va y entre más aplausos más tiene que ir y volver, sonríe y lasluces se encienden en su máximo esplendor avisando que la función ha terminado.

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Hay mucha gente, altos y bajos,ricos y otros no tanto, gente de la alta aristocracia colombiana con susacentos raros y estilizados, extranjeros provenientes de lugares conocidos yrecónditos, actrices, actores, músicos, estudiantes, niños, ancianos y demás,todos esperando las grandes presentaciones del Teatro Mayor.

Algunos se van a sus casas alfinalizar cada función, otros salen a comer en un lugar al aire libre en laBiblioteca para hablar sobre lo sucedido, varios van al baño y unos pocos sefuman un cigarrillo con humo efímero como la vida que repasan en los cincominutos que dura su descomposición.

Llega la siguiente función, estavez en el Teatro estudio, todos con sus cabellos largos o cortos, pielesmorenas y pálidas, estaturas altas y cortas, hacen la fila cuidadosa yansiosamente por lo que les depara el escenario, con sus boletas en mano vanentrando y ubicándose en cualquiera de las sillas que el minucioso espacio lesofrece, es un lugar pequeño, acogedor, con pocas sillas y grandes expectativas,el escenario sencillo, y aquí las luces no tienen intervalos, sólo enfocan alos músicos, en ocasiones un piano vuelve a ser el protagonista, mientras otrasveces los violines toman las riendas des festival.

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El sonido es perfecto encualquiera de los dos escenarios y empieza la función. Sigue siendo jueves, sonlas 8:30 y aparece Jean Philippe Collard de nuevo, está vez en un escenariodiferente cerrando el programa del día, despidiendo a los asistentes con unamagnífica presentación de la Sonata para piano no. 3 en Do mayor  y a Sonata para piano no. 12 en La Bemol “Lamarcha Fúnebre”.

Viernes

Viernes, 12:30 m, se han acabado lasboletas de varias presentaciones, y la gente sin entradas luce desesperada. Haycaras conocidas, asistentes recurrentes a las presentaciones sin importar valoralguno y otras nuevas, con cara de asombro al ver la multitud haciendo lasfilas para entrar a los teatros . John Lill, inglés, pianista, considerado elmejor de toda su generación, es todo un señor, se nota su pasión y romanticismoincluso cuando sonríe; es el siguiente en asomarse al escenario del TeatroMayor,  la gente va entrando y se ubicaen lo que indica cada una de sus boletas, unos en balcones, otros en platea, enlos lados y el centro. Hay de todo, extranjeros, periodistas, e incluso laseñora que grita ¡BRAVO!, ¡BRAVO!, cada vez que hay oportunidad de aplaudirbien sea en intermedios o finales de las presentaciones.

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4:00 p.m., el ajetreo se hacepresente en las personas del staff, los periodistas en la sala de prensaadelantando sus informes o cargando sus pilas, los meseros sirviendo una y otracosa en los intervalos. En el Teatro Estudio, el cuarteto Ysaÿe de Francia conel cuarteto de cuerda no. 1 en Fa mayor.  El frío aumenta, todos con abrigos y bufandassentados mirando a la Orquesta Sinfonía de Rotterdam (Holanda) y en la mitad,alrededor de todos los artistas, un piano. El protagonista está vez desdeAustria, Stefan Vladar  -los cierres y enespecial con orquesta son las presentaciones más largas, hora y media, casidos, gran diferencia de las otras que oscilan entre la media hora y loscuarenta y cinco minutos- hay miradas cansadas y otras emocionadas, termina lafunción y cada uno para sus casas.

Sábado

Ya es sábado y el cierre delFestival Internacional de Música Bogotá es Beethoven, no hay tanta gente comolos días anteriores pero personas nuevas enloquecen por no encontrar boletería,se llena el Teatro Mayor, un par de periodistas mexicanos al frente y en losbalcones los señores de cabello blanco para ver esta vez a la OrquestaSinfónica Nacional de Colombia, junto al ruso Boris Berezovsky.

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La noche y el festival se cierraen el Teatro Mayor con la Orquesta Filarmónica de Hungría (una de las favoritasdel festival) acompañada de cuatro voces espectaculares como Norah Amsellem,Allison Cook, Martín Muehle y Jukka Rasilainen. Se bajó el telón, las luces seapagaron y finalizó el festival, lleno de composiciones e interpretacionespreciosas.

Algunos asistieron por curiosidady otros por gusto. En los corredores se escuchan comentarios cómo: “Que buenaspresentaciones”, “deben repetirse”, “Se fajaron” que abren puertas a nuevaspropuestas culturales por parte de quienes organizan esa clase de eventos quepromueven la cultura en la ciudad.*

Beethoven pasó por Bogotá, con una lluvia depianos (predilectos del festival), violines, violas, violonchelos, oboes,clarinetes, fagots, cuernos, trompetas, tímpanos y clavicémbalos, dejando unamuestra de lo que serán los siguientes festivales. Este no fue el primero, perotampoco el último en asomarse a esta frívola pero acogedora ciudad. El recuerdode Beethoven sigue vivo después de 187 años de su muerte, dejando las ansias delo que serán las siguientes muestras del festival.

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